dimecres, 13 d’agost del 2014

Cap. 8


Abrí la puerta y ahí estaba él. Llevaba el pelo más largo que la última vez que le había visto y una barba de un par de días que le daba un aire hippie muy atractivo y resaltaba sus ojos. Me sonrió y no pude reprimir una sonrisa de vuelta.

- Cuánto tiempo, Anna-dijo, y me abrazó.
- Sí- demasiado, pensé.
- Hala, qué casa más grande.
- Tampoco es para tanto, chico.
En ese momento se abrió la puerta y entró papá, que volvía de trabajar.
-Hola pitufa.
- Hola papi -dije, mientras notaba cómo se me enrojecían las mejillas, ya que me imaginé su reacción al enterarse de que Ernest estaba en casa.
- Hola, encantado señor, yo soy Ernest, un amigo de su hija.
-Vaya, no sabía que teníamos visita. Un placer, Ernest. Anneta, ¿no le piensas ofrecer nada a nuestro invitado?
- Ya voy, jope. ¿Quieres tomar algo?
- Vale -dijo, con esa bonita sonrisa.
- ¿Un té?
- Un té va bien.
- Pues siéntate en el salón, ahora vengo.
- Bueno, ¿y a qué curso vas? -escuché decir a mi padre mientras me dirigía a la cocina.

Pobre Ernest, pensé mientras me reía al escuchar trozos de la conversación entre ambos. Diez minutos después mi padre salió a correr, y como mamá no volvía hasta tarde nos quedamos la casa para nosotros dos, solos.

Me senté en el sofá con él y le pregunté por las vacaciones que se habían tomado él, Jordi y Arnau.
Me explicó mil y una historias hasta que finalmente dijo:
- Y el último fin de semana me fui a Madrid.
- ¿A Madrid? ¿Sin ellos?
- Sí, fui a ver a una amiga... bueno, a mi ex.

- Ah, qué bien- dije mientras se me formaba un nudo en la garganta.
-Sí.
¿Cómo que sí? La gente normalmente no va a ver a sus exs, a no ser que sigan siendo amigos, pero por lo que me contó Laia habían acabado muy mal y...
- Y voy a volver con ella.
- Ah, me alegro -intenté sonreír.
- Sé que será complicado porque ella vive en Madrid y yo aquí pero intentaré que nos veamos a menudo. Eres la primera persona a la que se lo cuento y no sé, gracias por escucharme.
- Gracias a ti por confiar en mí, ahora vengo.

Me metí en el baño y me puse a llorar. Como no conseguía sentirme mejor le dije que me encontraba mal y que prefería dejar las clases de Italiano para otro momento.

La cosa fue  a peor cuando volvió papá y me habló de lo bien que le había caído Ernest. Y todavía más cuando le habló de él a mamá y ella comenzó a hacer ese tipo de preguntas que hacen las madres cuando creen que te gusta un chico. Me fui a dormir lo antes posible y pensé que al menos, quedaban tan sólo 24 horas para la noche de viernes y tal vez un par de chupitos me animarían... o no.