dilluns, 23 de juny del 2014

Cap. 7

Al fin sonó el timbre que ponía fin a las clases de ese jueves del mes de Octubre. El tiempo había pasado muy rápido desde aquel primer día que pisé el suelo de mi nuevo hogar, desde la primera vez que la sonrisa de Laia había conseguido que confiara de nuevo en alguien, desde la primera vez que mis mejillas enrojecieron al ver esos ojos color miel, esos que ya hacía tres semanas que no veía.

Ernest, Jordi y Arnau habían decidido pasar un par de semanas de vacaciones ya que las clases en la universidad no habían comenzado todavía. Mientras bajábamos las escaleras del instituto recordé la última vez que lo había visto, me prometió que vendría a despedirse antes de irse, pero finalmente me dijo que tenía que preparar las maletas y que ya quedaríamos en otra ocasión. Suspiré.

Un chillido me sacó de mis pensamientos. Núria corrió hacia la puerta al ver a Arnau. Después de saludarla a ella se acercó a saludarnos a Laia y a mí y nos ofreció llevarnos a casa en coche. Nos contó cómo había ido el viaje.

- ¿Y Jordi dónde se ha metido?- preguntó Laia, incapaz de disimular su interés por él.
- En casa, durmiendo, si queréis os podéis venir y así le despertamos.
- Mejor déjalo que descanse, Jordi recién levantado no es precisamente la persona más agradable.
- Uy, cómo lo sabes eh pillina- le dijo Arnau con una sonrisita burlona.

Laia miró hacia otro lado y yo intenté disimular mi risa, aunque he de reconocer que ver a Laia tan nerviosa me resultó gracioso.

- Ann, por cierto, Ernest me ha pedido que te diga que si quieres podéis comenzar las clases de Italiano en cualquier momento- dijo Arnau, con una sonrisa similar a la que le había soltado a Laia minutos a atrás.
- ¿Qué clases? Yo de esto no sabía nada -dijo Núria.

Menos mal que en ese instante llegamos a la esquina en la que Arnau nos dejaba a Laia y a mí, salimos del coche y seguimos nuestro camino a pie.

- Oye, entiendo que a Nú no le cuentes nada, pero yo soy de confianza, Ann.
- No pensé que Ernest se fuera a tomar en serio lo de las clases de italiano, sólo era una broma.
- Pues me parece que él no se lo tomó a broma.
- A ver, no era una broma, pero no pensé que lo fuera a cumplir de verdad.
- Ernest siempre cumple. Si no fuera por su impuntualidad y porque es un soso, sería el chico perfecto.
- (Lo es)-pensé.
- Bueno, mañana nos vemos, t'estimo- dijo Laia dándome un abrazo y cruzando a la acera de enfrente, donde estaba su casa.

Conecté el iPod, le di al aleatorio y con Camals Mullats de la Gossa Sorda como fondo de mis pensamientos seguí calle arriba. Decidí mandarle un mensaje a Ernest para ver si realmente iba en serio lo de las clases.

"Ernest, ¿de verdad que me darías clases de italiano? No quiero ser ninguna molestia, encima ahora que empiezas con la universidad no quiero quitarte mucho tiempo. Podemos dejarlo estar. No tiene mayor importancia, en serio. Aunque me encantaría pasar más tiempo contigo y así tener la oportunidad de conocerte." Borré la última frase y le di al botón de Enviar.

Cuando desperté de la siesta tenía un WhatsApp suyo que decía:
"No eres ninguna molestia, Anna. Hay tiempo para todo en la vida (a no ser que estemos en época de exámenes, pero no es el caso). Si quieres podemos empezar las clases hoy mismo. ¿En mi casa o en la tuya? Vale, igual eso último no ha sonado muy bien haha."  Aunque la verdad es que eso último sonaba genial. Sonreí.

"Ven." escribí, y media hora después sonó el timbre. Y debo reconocer que este timbre me hizo mucho más feliz que el del instituto a mediodía (y mira que eso ya era difícil).

dimecres, 18 de juny del 2014

Cap. 6

Olía a café y sonaba Let her go en la radio. Laia subió la persiana, dejando así entrar unos rayos en la habitación.
-Bon dia, carinyet- me dijo tras darme un beso en la frente y acercarme una taza de café.
-Buenos días Laieta, tú y yo tenemos una charla pendiente, eh.

Se sentó a mi lado, en la cama, y me habló de lo que había pasado la noche anterior con Abel. Me explicó que había sido sólo cosa de una noche, que por mucho que le doliera, ya no creía en eso del amor, y no porque no lo sintiera, sino porque lo odiaba, odiaba depender de una persona, de una persona para la que jamás serás lo suficiente buena. Prefería eso, salir de fiesta un día y dejar que pasara lo que tuviera que pasar, y olvidarse a la mañana siguiente de esa cara antes de que le llegara a calar.

-Entonces, ¿entre Jordi y tú no hay nada?
- Qué va, Jordi es de enamorarse un viernes y olvidarse un lunes. Cada semana una chica diferente, ya sabes.
- ¿Pero tú no sientes nada por él?
- Te mentiría si te dijera que no.
- ¿Y nunca lo has intentando? O sea, ¿él sabe que tú sientes algo por él?
- Créeme, no serviría de nada. Tanto para Jordi como para Arnau y Ernest soy una hermana pequeña, nunca se plantearían tener nada conmigo, ni yo con ellos.
- Yo creo que tendrías que intentarlo, aunque puedas perder es mejor que quedarse con la duda.
-¿Y arriesgarme a perderlo para siempre? Ann, Jordi es mi amigo ante todo, mi mejor amigo, y yo no quiero que eso cambie. Mejor vamos a dejarlo estar, ¿vale?
- Como quieras.

Noté como sus ojos se encharcaban, como intentaba tragar saliva para deshacer ese nudo que se nos forma en la garganta momentos antes de romper a llorar. La abracé. Rompió a llorar. Y lloré con ella, porque la entendía, conocía perfectamente esa sensación. No dije nada, y ella tampoco. Hay veces que las palabras no son necesarias, hay veces que con un abrazo ya está todo dicho.

- Gracias, Ann.
- No he hecho nada.
-Abrazarme, hacía tiempo que nadie lo hacía, no al menos un abrazo de verdad. Y créeme, lo necesitaba.
- Vales mucho, Laia.
- Bueno, ya está. Ya estoy mejor. A ver, ahora explícame cómo fue la noche ayer. Siento haberte dejado con Ernest, sé que no es precisamente el alma de la fiesta.
- La verdad es que me lo pasé bastante bien, bueno, menos cuando se puso a hablar con esas dos chicas y me dejó tirada, y acabé sola en la barra del pub.
- Las chicas suelen acercarse a él, y no me extraña, pero si hubieras vuelto él hubiera dejado de hablar con ellas. Ernest no es de liarse con la primera que conoce un sábado por la noche, es más de relaciones largas. Además, desde que rompió con Elena no ha vuelto a estar con ninguna chica.
- ¿Elena?
- Sí, su ex. Llevaban dos años juntos, pero bueno, todo se acaba. Ya han pasado más de seis meses desde que ella le dejó y se fue a Madrid, hasta hace poco él estaba hecho polvo, pero ahora ya casi ni la nombra.

Ahora era yo la que tenía un nudo en la garganta que no podía deshacer. Supuse que él seguía queriéndola, que si ella no se hubiera ido a Madrid seguirían juntos, que no quería nada serio con ninguna otra chica, y menos conmigo.

dimarts, 10 de juny del 2014

Cap. 5


Ya eran más de las 11 de la noche y Ernest seguía sin aparecer. Laia comenzaba a cansarse de esperar, yo sentía un dolor que ya no sabía cómo disimular. Mientras Laia marcaba su número de teléfono por duodécima vez yo intentaba deshacer el nudo que se había formado en mi garganta.
-Ann, no sé tú, pero yo ya estoy harta de esperar. ¿Cogemos un taxi y nos vamos a mi casa?
En blanco, así me quedé. No, no quería irme, pero tampoco servía de mucho seguir esperando. Tragué saliva y
-Hola chicas, perdón por el retraso, he tenido que ir a la estación a por éste- dijo Ernest, sorprendiéndonos por detrás, acompañado de un chico alto y muy guapo, que resultó ser su primo.

Fuimos a cenar al Hard Rock y más tarde a un par de pubs que estaban cerca de allí.

Laia parecía haber congeniado muy bien con Abel, el primo de Ernest, así que decidimos dejarles un poco de intimidad.

Entre Ernest y yo se produjo un silencio incómodo, me miró y me sonrío. Sentí algo extraño en mi barriga, aunque sinceramente no sé si fue por su mirada o las copas de más.
-Ahora vengo, voy al baño -le dije.
-¿Te encuentras bien?
- Sí, tranquilo.
Me quedé un rato en el baño, hasta que me encontré un poco mejor y me prometí a mí misma que ya estaba bien de chupitos y cubatas en lo que quedaba de noche.
Cuando salí del baño no veía por ninguna parte a Ernest y mucho menos a Laia y Abel. Finalmente localicé a Ernest hablando con un par de chicas, así que decidí quedarme al margen y volver a la barra, aunque minutos atrás me hubiera prometido justo lo contrario.


-Venga, dime qué quieres, que a esta ronda invita la casa -me dijo un camarero que, dicho sea de paso, era guapísimo.
-Va, ponme un chupito.
-¿De qué, preciosa?
- De lo más fuerte que tengas.
-¿Y eso? ¿Problemas?
- Algo así.
- ¿Necesitas hablar?
- No, necesito olvidar-dije, intentando poner fin a la conversación y así poder aislarme en mis pensamientos.

Cinco chupitos más tarde, Ernest volvió.
-¿Me lo parece a mí o no eres capaz ni de mantenerte en pie?
-Hombre, si has vuelto y todo. Pensaba que ya tenías con quién pasar la noche-dije, casi sin darme cuenta.
-¿Eso son celos,  Ann?
-Más quisieras.
Justo después de terminar la frase bebí un chupito más y noté como todo a mi alrededor daba demasiadas vueltas.
Ernest se dio cuenta, me cogió del brazo y me llevó afuera.

-¿Te encuentras ya mejor?- escuché de repente, como si por un momento hubiera perdido el contacto con el mundo exterior.
-Sí, creo. Siento haberte fastidiado la noche.
-¿Fastidiar? ¿Qué dices? Con lo graciosa que estabas contándome esas historias.
-¿Qué? ¿Qué historias?
-Ernest, tendríamos que volver ya a casa, no quiero dejar de ser el sobrino favorito de tu madre - dijo Abel, que volvía acompañado de Laia.
-¿Nos vamos nosotras también? -me preguntó Laia.
-Yo creo que aquí a nuestra amiga le iría bien una buena cama donde dormir, cuidamela eh Laieta -dijo Ernest, dándome un beso en la mejilla y alejándose hacia la moto con Abel.

Llegamos a casa de Laia, y decidimos dejar nuestra charla para la mañana siguiente, ya que el cansancio podía con nosotras.