diumenge, 25 de gener del 2015

Cap. 11

Después de enviar aquel mensaje me puse tan nerviosa que decidí llamar a Laia. Era la única forma de estar con el móvil y no volverme loca esperando una respuesta. No hacía ni un segundo que había colgado y ya estaba abriendo Whatsapp para ver si tenía algún mensaje suyo. Y sí, ahí estaba:
 
Ernest: ey, bicho, cúanto tiempo. Justo ahora estoy a dos calles de tu casa haciéndome un café con los de la uni. No creo que tarden mucho en irse, vente para aquí y te los presento (pero no te me vayas a enamorar de ninguno de ellos, eh). Y si quieres luego vamos a comer a un sitio nuevo que he descubierto y que seguro que te encanta. ¿Te parece bien?

¿QUE SI ME PARECÍA BIEN? NO PODÍA PARECERME MEJOR.

- Papi, ¿puedo ir a comer con Ernest y estos?
- ¿Quiénes son estos?
- Pues los demás...
- Ann, cariño, qué bien te explicas. Anda, ve y pásalo bien. 
- Gracias, te quiero mucho mucho mucho.
- Eh eh, espera. ¿Lo sabe tu madre?
- No, pero... seguro que le parece bien, jo.
- Bueno va, tira. Ya hablaré yo con ella.
- ¿Sabes que te adoro? - le dije, le di un beso y me fui.

Me arreglé a toda prisa, le envié un mensaje a Ernest diciéndole que ya iba hacia allí y caminé a toda prisa hasta llegar a la cafetería donde estaba él. Ahí estaba él, se había cortado el pelo, pero se había dejado la barba que llevaba la última vez que le vi, y le quedaba taaaaan bien... A su lado había un par de chicos, bastante monos, que se me quedaron mirando al ver que me había quedado quieta en medio de la cafetería mirando fijamente hacia su mesa. Entonces Ernest se giró y me vio, se levantó de la mesa y se acercó hacia mí con esa sonrisa tan bonita que tenía. Me abrazó (y menos mal, porque echaba de menos sus abrazos).

- Hola renacuaja, ¿has crecido o me lo parece a mí?
- ¿No será que tú te has hecho más bajito?
- Anda, calla y ven, que te presento a mis amigos.
- Qué vergüenza...
- ¿Vergüenza? ¿Tú? No puede ser - dijo con ironía.
- Qué gracioso eres...
- Anna, estos son Marc y Jaume. Marc y Jaume, ésta es Anna.
- Hombre, ya era hora de que nos la presentaras. Que sepas que Ernest nos ha hablado un montón de ti, pero no nos había dicho que fueras tan guapa- dijo Jaume.
- Va, no marees cabrón, si nosotros ya nos íbamos- dijo Marc.
- Hombre, si a Ernest no le importa nos podemos quedar un poquito más- respondió Jaume.
- Haced lo que queráis, pesados - dijo Ernest.

Así que se quedaron un rato más. La verdad es que eran muy simpáticos, pero me moría de ganas por estar sola con Ernest y preguntarle cómo le iba todo. No sé si fue Jaume o Marc, pero uno de los dos dijo algo acerca de la novia de Ernest que me dio a entender que ya no estaban juntos. Pero bueno, al fin y al cabo, eso no cambiaba nada. O igual sí...

dijous, 9 d’octubre del 2014

Cap. 10

Porque puede que no, que no sea de esas chicas que quitan el hipo al pasar, y tampoco de esas que con una sonrisa alegran el día a cualquiera, porque tal vez tan sólo sea la chica que siempre llega a deshora, un poco -o mucho- más tarde de cuando debería llegar.

No, tampoco soy de esas chicas que se maquillan un viernes por la noche y salen con su mejor vestido a comerse el mundo, o los labios del primero que pase. Más bien soy de esas que se calzan unas zapatillas, viejas y rotas, se peinan a desgana y nunca ordenan su habitación.

Porque soy propensa a ilusionarme, a querer a quien no me quiere, a escuchar a los demás y a no saber ser escuchada. Porque soy de las que aman la lluvia y también los días de sol, las noches de luna llena y los días en los que brilla el sol.

Soy de esas a las que les da miedo decir adiós, pero aún más decir lo que sienten, de las que no arriesgan por no perder, de las que aman bajo folios y no bajo sábanas, de las que lloran en silencio y escondidas en su habitación.

Así que podríamos decir que soy propensa al desastre, a no saber querer, o al menos a no saber cómo ser querida.

No espero que mañana aparezca Ernest por esa puerta y me diga que no la quiere a ella, que él me quiere a mí. O puede que sí, que sí que lo espere aunque sepa que no va a pasar. Porque se me da de puta madre eso de autoengañarme y creerme mis propias mentiras. Porque puede que siga pensando que todo el mundo es bueno y que nadie quiere herir, tan sólo amar.

Igual debería escribirle y decirle que me apetece verle, que echo de menos esa sonrisa, que me encanta escuchar sus historias. Igual no debería hacerlo, porque yo a él no le importo, porque así sólo conseguiré hacerme más daño, porque debería olvidarle de una vez y seguir adelante, aunque la vida duela sin él.

Las ganas me pueden, la nostalgia y los te quieros que le debo me obligan a coger el móvil y tragarme todo mi orgullo, porque sí, porque quiero verle, porque hoy prefiero arriesgar.

Ernest, ¿cómo estás? Hace tiempo que no nos vemos, últimamente no sé nada de ti. A ver cuándo quedamos aunque sea a hacernos un café y nos ponemos al día. Besitos.

Y ahora a esperar, a ver si por una noche los sueños se hacen realidad.

diumenge, 14 de setembre del 2014

Cap. 9

Igual era el momento de dejarlo estar, si había vuelto con su novia era porque realmente la quería, y contra el amor nada se puede hacer. Lo sabía, sabía de sobra que no podía evitar que él la quisiera, al igual que yo no podía evitar quererle a él.

-Ann, ¿vamos?- era Laia, por un momento había olvidado que estaba en clase, y ella sentada a mi lado.
- ¿Qué?
- Que si vamos al patio, hace cinco minutos que ha sonado el timbre.
- Ah, sí, claro. -recogí mis cosas lo más rápido que pude, y me colgué la mochila en los hombros.
- Anna, vine ací, vull parlar amb tu.- mi profesora de Matemáticas seguía en la clase y, al parecer, quería hablar conmigo.

Me acerqué a su mesa. Me preguntó que qué me pasaba, ya que normalmente solía estar muy atenta en sus clases, porque las mates siempre fueron mi asignatura favorita, por muy raro que parezca. Supongo que soy rara hasta para eso. Conseguí hacerle creer que se debía a que había dormido mal y me dirigí al patio con Laia y Nú. A ellas también tuve que hacerles creer que lo único que me pasaba era que tenía sueño. La mañana se pasó muy lenta, pero finalmente sonó el timbre que indicaba que era hora de volver a casa, me fui lo más rápido que pude y en cuanto llegué a casa me encerré en mi habitación y me puse a dormir.



Abrí los ojos, 19:38, hora de levantarse. Bajé las escaleras y entré en la cocina para prepararme un té. Mientras esperaba que el agua se calentara en el microondas sonó el telefonillo, era Laia.

- Buenas tardes, Bella Durmiente.
- ¿Qué haces aquí?
- No soy tonta, sé que hoy te pasaba algo, y no me voy de aquí hasta que no me cuentes el qué.
- Creo que  me gusta.
- ¿De qué me hablas?
- Que creo que me gusta. Ernest. Me gusta Ernest.
- ¿Y eso es algo malo? Igual parece muy frío, pero tú le caes bien, y eres muy guapa, y yo creo que se lo intentas...
- Ha vuelto con su ex. Me lo contó ayer.
- ¿Con Elena? Pero si ella vive en Madrid, y ya hace tiempo que...
- Da igual, quiere volverlo a intentar con ella.
- ¿Quieres que hable con él?
- No, ya ha tomado una decisión y hay que respetarla.
- Anda, ven.- abrió los brazos y me rodeó con ellos. Me abrazó tan fuerte que no pude aguantar más, y se me escaparon un par de lágrimas.
- Gracias, ya estoy mejor.
- T'estime, petita. Si no quieres salir esta noche nos quedamos aquí tú y yo, hacemos una pizza y vemos una peli, o hacemos un karaoke, o lo que te apetezca hacer.
- Tranquila, no te preocupes, salimos como cualquier otro viernes, no se va a parar el mundo por esto. Pero me ha gustado la idea de que te quedes a dormir aquí, podríamos decírselo a Nú también  y organizarlo para mañana o el finde que viene.
- Estupendo. Le diré a Albert que venga y se traiga a un par de amigos, y ya verás lo rápido que se te pasa lo de Ernest.
- Guay.

Pero puede que no, que no se me fuera a pasar tan rápido, porque a lo mejor me importaba de verdad, porque se me da mal eso de olvidar, porque una vez me engancho no sé soltarme. Y puede que sí, que el mundo tal vez sí se paró, y si no lo hizo, se volvió repetitivo, pesado y difícil de entender. Puede que las mañanas fueran sencillas, pero las noches me superaban, por mucho Extremo que hubiera en mis oídos. Y es que, comencé a ser consciente de mis sentimientos, y qué putada.

dimecres, 13 d’agost del 2014

Cap. 8


Abrí la puerta y ahí estaba él. Llevaba el pelo más largo que la última vez que le había visto y una barba de un par de días que le daba un aire hippie muy atractivo y resaltaba sus ojos. Me sonrió y no pude reprimir una sonrisa de vuelta.

- Cuánto tiempo, Anna-dijo, y me abrazó.
- Sí- demasiado, pensé.
- Hala, qué casa más grande.
- Tampoco es para tanto, chico.
En ese momento se abrió la puerta y entró papá, que volvía de trabajar.
-Hola pitufa.
- Hola papi -dije, mientras notaba cómo se me enrojecían las mejillas, ya que me imaginé su reacción al enterarse de que Ernest estaba en casa.
- Hola, encantado señor, yo soy Ernest, un amigo de su hija.
-Vaya, no sabía que teníamos visita. Un placer, Ernest. Anneta, ¿no le piensas ofrecer nada a nuestro invitado?
- Ya voy, jope. ¿Quieres tomar algo?
- Vale -dijo, con esa bonita sonrisa.
- ¿Un té?
- Un té va bien.
- Pues siéntate en el salón, ahora vengo.
- Bueno, ¿y a qué curso vas? -escuché decir a mi padre mientras me dirigía a la cocina.

Pobre Ernest, pensé mientras me reía al escuchar trozos de la conversación entre ambos. Diez minutos después mi padre salió a correr, y como mamá no volvía hasta tarde nos quedamos la casa para nosotros dos, solos.

Me senté en el sofá con él y le pregunté por las vacaciones que se habían tomado él, Jordi y Arnau.
Me explicó mil y una historias hasta que finalmente dijo:
- Y el último fin de semana me fui a Madrid.
- ¿A Madrid? ¿Sin ellos?
- Sí, fui a ver a una amiga... bueno, a mi ex.

- Ah, qué bien- dije mientras se me formaba un nudo en la garganta.
-Sí.
¿Cómo que sí? La gente normalmente no va a ver a sus exs, a no ser que sigan siendo amigos, pero por lo que me contó Laia habían acabado muy mal y...
- Y voy a volver con ella.
- Ah, me alegro -intenté sonreír.
- Sé que será complicado porque ella vive en Madrid y yo aquí pero intentaré que nos veamos a menudo. Eres la primera persona a la que se lo cuento y no sé, gracias por escucharme.
- Gracias a ti por confiar en mí, ahora vengo.

Me metí en el baño y me puse a llorar. Como no conseguía sentirme mejor le dije que me encontraba mal y que prefería dejar las clases de Italiano para otro momento.

La cosa fue  a peor cuando volvió papá y me habló de lo bien que le había caído Ernest. Y todavía más cuando le habló de él a mamá y ella comenzó a hacer ese tipo de preguntas que hacen las madres cuando creen que te gusta un chico. Me fui a dormir lo antes posible y pensé que al menos, quedaban tan sólo 24 horas para la noche de viernes y tal vez un par de chupitos me animarían... o no.

dilluns, 23 de juny del 2014

Cap. 7

Al fin sonó el timbre que ponía fin a las clases de ese jueves del mes de Octubre. El tiempo había pasado muy rápido desde aquel primer día que pisé el suelo de mi nuevo hogar, desde la primera vez que la sonrisa de Laia había conseguido que confiara de nuevo en alguien, desde la primera vez que mis mejillas enrojecieron al ver esos ojos color miel, esos que ya hacía tres semanas que no veía.

Ernest, Jordi y Arnau habían decidido pasar un par de semanas de vacaciones ya que las clases en la universidad no habían comenzado todavía. Mientras bajábamos las escaleras del instituto recordé la última vez que lo había visto, me prometió que vendría a despedirse antes de irse, pero finalmente me dijo que tenía que preparar las maletas y que ya quedaríamos en otra ocasión. Suspiré.

Un chillido me sacó de mis pensamientos. Núria corrió hacia la puerta al ver a Arnau. Después de saludarla a ella se acercó a saludarnos a Laia y a mí y nos ofreció llevarnos a casa en coche. Nos contó cómo había ido el viaje.

- ¿Y Jordi dónde se ha metido?- preguntó Laia, incapaz de disimular su interés por él.
- En casa, durmiendo, si queréis os podéis venir y así le despertamos.
- Mejor déjalo que descanse, Jordi recién levantado no es precisamente la persona más agradable.
- Uy, cómo lo sabes eh pillina- le dijo Arnau con una sonrisita burlona.

Laia miró hacia otro lado y yo intenté disimular mi risa, aunque he de reconocer que ver a Laia tan nerviosa me resultó gracioso.

- Ann, por cierto, Ernest me ha pedido que te diga que si quieres podéis comenzar las clases de Italiano en cualquier momento- dijo Arnau, con una sonrisa similar a la que le había soltado a Laia minutos a atrás.
- ¿Qué clases? Yo de esto no sabía nada -dijo Núria.

Menos mal que en ese instante llegamos a la esquina en la que Arnau nos dejaba a Laia y a mí, salimos del coche y seguimos nuestro camino a pie.

- Oye, entiendo que a Nú no le cuentes nada, pero yo soy de confianza, Ann.
- No pensé que Ernest se fuera a tomar en serio lo de las clases de italiano, sólo era una broma.
- Pues me parece que él no se lo tomó a broma.
- A ver, no era una broma, pero no pensé que lo fuera a cumplir de verdad.
- Ernest siempre cumple. Si no fuera por su impuntualidad y porque es un soso, sería el chico perfecto.
- (Lo es)-pensé.
- Bueno, mañana nos vemos, t'estimo- dijo Laia dándome un abrazo y cruzando a la acera de enfrente, donde estaba su casa.

Conecté el iPod, le di al aleatorio y con Camals Mullats de la Gossa Sorda como fondo de mis pensamientos seguí calle arriba. Decidí mandarle un mensaje a Ernest para ver si realmente iba en serio lo de las clases.

"Ernest, ¿de verdad que me darías clases de italiano? No quiero ser ninguna molestia, encima ahora que empiezas con la universidad no quiero quitarte mucho tiempo. Podemos dejarlo estar. No tiene mayor importancia, en serio. Aunque me encantaría pasar más tiempo contigo y así tener la oportunidad de conocerte." Borré la última frase y le di al botón de Enviar.

Cuando desperté de la siesta tenía un WhatsApp suyo que decía:
"No eres ninguna molestia, Anna. Hay tiempo para todo en la vida (a no ser que estemos en época de exámenes, pero no es el caso). Si quieres podemos empezar las clases hoy mismo. ¿En mi casa o en la tuya? Vale, igual eso último no ha sonado muy bien haha."  Aunque la verdad es que eso último sonaba genial. Sonreí.

"Ven." escribí, y media hora después sonó el timbre. Y debo reconocer que este timbre me hizo mucho más feliz que el del instituto a mediodía (y mira que eso ya era difícil).

dimecres, 18 de juny del 2014

Cap. 6

Olía a café y sonaba Let her go en la radio. Laia subió la persiana, dejando así entrar unos rayos en la habitación.
-Bon dia, carinyet- me dijo tras darme un beso en la frente y acercarme una taza de café.
-Buenos días Laieta, tú y yo tenemos una charla pendiente, eh.

Se sentó a mi lado, en la cama, y me habló de lo que había pasado la noche anterior con Abel. Me explicó que había sido sólo cosa de una noche, que por mucho que le doliera, ya no creía en eso del amor, y no porque no lo sintiera, sino porque lo odiaba, odiaba depender de una persona, de una persona para la que jamás serás lo suficiente buena. Prefería eso, salir de fiesta un día y dejar que pasara lo que tuviera que pasar, y olvidarse a la mañana siguiente de esa cara antes de que le llegara a calar.

-Entonces, ¿entre Jordi y tú no hay nada?
- Qué va, Jordi es de enamorarse un viernes y olvidarse un lunes. Cada semana una chica diferente, ya sabes.
- ¿Pero tú no sientes nada por él?
- Te mentiría si te dijera que no.
- ¿Y nunca lo has intentando? O sea, ¿él sabe que tú sientes algo por él?
- Créeme, no serviría de nada. Tanto para Jordi como para Arnau y Ernest soy una hermana pequeña, nunca se plantearían tener nada conmigo, ni yo con ellos.
- Yo creo que tendrías que intentarlo, aunque puedas perder es mejor que quedarse con la duda.
-¿Y arriesgarme a perderlo para siempre? Ann, Jordi es mi amigo ante todo, mi mejor amigo, y yo no quiero que eso cambie. Mejor vamos a dejarlo estar, ¿vale?
- Como quieras.

Noté como sus ojos se encharcaban, como intentaba tragar saliva para deshacer ese nudo que se nos forma en la garganta momentos antes de romper a llorar. La abracé. Rompió a llorar. Y lloré con ella, porque la entendía, conocía perfectamente esa sensación. No dije nada, y ella tampoco. Hay veces que las palabras no son necesarias, hay veces que con un abrazo ya está todo dicho.

- Gracias, Ann.
- No he hecho nada.
-Abrazarme, hacía tiempo que nadie lo hacía, no al menos un abrazo de verdad. Y créeme, lo necesitaba.
- Vales mucho, Laia.
- Bueno, ya está. Ya estoy mejor. A ver, ahora explícame cómo fue la noche ayer. Siento haberte dejado con Ernest, sé que no es precisamente el alma de la fiesta.
- La verdad es que me lo pasé bastante bien, bueno, menos cuando se puso a hablar con esas dos chicas y me dejó tirada, y acabé sola en la barra del pub.
- Las chicas suelen acercarse a él, y no me extraña, pero si hubieras vuelto él hubiera dejado de hablar con ellas. Ernest no es de liarse con la primera que conoce un sábado por la noche, es más de relaciones largas. Además, desde que rompió con Elena no ha vuelto a estar con ninguna chica.
- ¿Elena?
- Sí, su ex. Llevaban dos años juntos, pero bueno, todo se acaba. Ya han pasado más de seis meses desde que ella le dejó y se fue a Madrid, hasta hace poco él estaba hecho polvo, pero ahora ya casi ni la nombra.

Ahora era yo la que tenía un nudo en la garganta que no podía deshacer. Supuse que él seguía queriéndola, que si ella no se hubiera ido a Madrid seguirían juntos, que no quería nada serio con ninguna otra chica, y menos conmigo.

dimarts, 10 de juny del 2014

Cap. 5


Ya eran más de las 11 de la noche y Ernest seguía sin aparecer. Laia comenzaba a cansarse de esperar, yo sentía un dolor que ya no sabía cómo disimular. Mientras Laia marcaba su número de teléfono por duodécima vez yo intentaba deshacer el nudo que se había formado en mi garganta.
-Ann, no sé tú, pero yo ya estoy harta de esperar. ¿Cogemos un taxi y nos vamos a mi casa?
En blanco, así me quedé. No, no quería irme, pero tampoco servía de mucho seguir esperando. Tragué saliva y
-Hola chicas, perdón por el retraso, he tenido que ir a la estación a por éste- dijo Ernest, sorprendiéndonos por detrás, acompañado de un chico alto y muy guapo, que resultó ser su primo.

Fuimos a cenar al Hard Rock y más tarde a un par de pubs que estaban cerca de allí.

Laia parecía haber congeniado muy bien con Abel, el primo de Ernest, así que decidimos dejarles un poco de intimidad.

Entre Ernest y yo se produjo un silencio incómodo, me miró y me sonrío. Sentí algo extraño en mi barriga, aunque sinceramente no sé si fue por su mirada o las copas de más.
-Ahora vengo, voy al baño -le dije.
-¿Te encuentras bien?
- Sí, tranquilo.
Me quedé un rato en el baño, hasta que me encontré un poco mejor y me prometí a mí misma que ya estaba bien de chupitos y cubatas en lo que quedaba de noche.
Cuando salí del baño no veía por ninguna parte a Ernest y mucho menos a Laia y Abel. Finalmente localicé a Ernest hablando con un par de chicas, así que decidí quedarme al margen y volver a la barra, aunque minutos atrás me hubiera prometido justo lo contrario.


-Venga, dime qué quieres, que a esta ronda invita la casa -me dijo un camarero que, dicho sea de paso, era guapísimo.
-Va, ponme un chupito.
-¿De qué, preciosa?
- De lo más fuerte que tengas.
-¿Y eso? ¿Problemas?
- Algo así.
- ¿Necesitas hablar?
- No, necesito olvidar-dije, intentando poner fin a la conversación y así poder aislarme en mis pensamientos.

Cinco chupitos más tarde, Ernest volvió.
-¿Me lo parece a mí o no eres capaz ni de mantenerte en pie?
-Hombre, si has vuelto y todo. Pensaba que ya tenías con quién pasar la noche-dije, casi sin darme cuenta.
-¿Eso son celos,  Ann?
-Más quisieras.
Justo después de terminar la frase bebí un chupito más y noté como todo a mi alrededor daba demasiadas vueltas.
Ernest se dio cuenta, me cogió del brazo y me llevó afuera.

-¿Te encuentras ya mejor?- escuché de repente, como si por un momento hubiera perdido el contacto con el mundo exterior.
-Sí, creo. Siento haberte fastidiado la noche.
-¿Fastidiar? ¿Qué dices? Con lo graciosa que estabas contándome esas historias.
-¿Qué? ¿Qué historias?
-Ernest, tendríamos que volver ya a casa, no quiero dejar de ser el sobrino favorito de tu madre - dijo Abel, que volvía acompañado de Laia.
-¿Nos vamos nosotras también? -me preguntó Laia.
-Yo creo que aquí a nuestra amiga le iría bien una buena cama donde dormir, cuidamela eh Laieta -dijo Ernest, dándome un beso en la mejilla y alejándose hacia la moto con Abel.

Llegamos a casa de Laia, y decidimos dejar nuestra charla para la mañana siguiente, ya que el cansancio podía con nosotras.