dijous, 8 de maig del 2014

Cap. 3

Pasamos por delante del Hard Rock y con tan sólo mirar aquel local se me caía la baba. Núria y Arnau iban unos metros más atrás, parecía que había algo entre ellos, me lo pareció desde el primer momento en que los vi juntos. Laia, Jordi y Ernest caminaban a mi lado y mientras yo seguía embobada mirando la fachada del edificio donde se encontraba el Hard Rock ellos parecían mantener una conversación bastante entretenida.
-¿Tú que piensas Ann? ¿Ann? ¿Hola?- escuché finalmente decir a Laia.
-Eh, ¿qué? Perdona, no estaba muy atenta. ¿Qué decías?
-No sabemos si ir a la pizzería o a un bar de quintos,¿tú qué prefieres?
-Laia, somos dos contra una, no intentes poner a tu nueva amiguita de tu lado- dijo Jordi.
-Perdona, pero yo no estoy intentando poner a nadie de mi lado- contestó algo alterada Laia.
-Ya estamos, siempre igual-dijo Ernest después de soltar una carcajada.-Tranquila Anna, ya te acostumbrarás a las discusiones de estos dos. Se pasan la vida así, pero en el fondo se adoran.

Como no sabía qué decir preferí dejar escapar una risita antes que soltar alguna estupidez y parecer tonta. Pero debo admitir que esa risa de niña irritante no fue muy buena opción.

-Chicos, han abierto un bar nuevo en Carrer de Pelai, ¿vamos?- dijo Arnau y todos parecieron estar de acuerdo con él. Y menos mal, porque sino Laia y Jordi hubieran seguido discutiendo y yo sin saber qué decirle a Ernest.

Cuando acabamos de cenar Núria y Arnau se fueron cada uno a su casa, o al menos eso nos dijeron. Jordi se fue después de un par de cervezas más ya que a la mañana siguiente tenía que ir a trabajar, por lo visto se había pasado el verano trabajando para poder pagarse el alquiler de la casa que compartía con Arnau. Por lo que nos habían contado querían que su vida universitaria se pareciera a la de esas películas americanas y por eso habían decidido emanciparse un mes antes de comenzar el primer año de carrera. Ernest, en cambio, había decidido seguir viviendo con sus padres ya que tenía claro que viviendo con esos dos poco iba a estudiar y medicina era una carrera muy difícil.

-Ahora que estos muermos se han ido, ¿nos vamos de fiesta por las Ramblas o qué?-dijo Laia sonriendo y dejando ver esos hoyuelos tan monos que se le formaban al hacerlo.
-Yo no sé, casi sería mejor que me fuera a casa y os dejara un rato a las dos para que hablarais de vuestras cosas- respondió Ernest.
-¿En serio vas a irte ya? No querrás que Ann descubra lo soso que eres.
-No todos podemos aguantar tu ritmo, Laieta- le dijo él guiñándole un ojo.
-Va, no seáis así.
-Mira, hacemos una cosa. Si hoy me dejáis ser un soso mañana os lo compenso con un plan increíble. ¿Aceptáis?
-Si, pero si nos cuentas ese plan tan “increíble” -dijo irónicamente Laia- que se te ha ocurrido.
-¿Y tú, Anna? ¿Aceptas?
- Vale, va.
-Bien, mañana no contéis con ir a casa a dormir. A las 10 de la noche os quiero ver en la puerta del Hard Rock dispuestas a comer los mejores nachos de todo el mundo.
-¿Y eso es todo?
-No me subestimes, querida Laia, eso es sólo el principio. Si quieres ir de fiesta por las Ramblas sólo tienes que esperar a mañana.
-Vale, trato hecho.
-Por mí perfecto- dije con una sonrisa.
-No hace falta que lo jures, he visto con qué carita mirabas el Hard Rock- me dijo Ernest guiñándome un ojo, esta vez a mí.

Después de esto nos dio dos besos a cada una y se fue. Os aseguro que si se llega a quedar treinta segundos más hubiera visto mis mofletes rojos como tomates. Que me guiñara un ojo y que se hubiera dado cuenta de las ganas que tenía de ir al Hard Rock hizo que me sonrojara y que esbozara una gran sonrisa, de las de verdad, de las que hacía tiempo que no se veían por mi cara. Intenté disimular todas esas sensaciones que ni yo misma podía entender para que Laia no se diera cuenta, y aunque se me de horriblemente mal disimular ella no me dijo nada. Supongo que sí se percató pero prefirió callárselo ya que a penas teníamos confianza. Pasamos un rato más charlando, y después de intercambiar nuestros números de teléfono para quedar a la mañana siguiente para ir a la playa cogimos un taxi para volver a casa. Por suerte, Laia vivía a pocas calles de mi nuevo hogar.

Cuando llegué a casa mis padres aún no habían vuelto, así que decidí hacer un poco de caso a mi móvil y revisar los mensajes de Facebook y WhatsApp. Le envié un par de mensajes a mis amigas, informándoles de cómo iban las cosas por Barcelona, les hablé de Laia, Núria, Jordi, Arnau y Ernest. Aunque a éste último a penas lo mencioné. Finalmente le envié un WhatsApp a Laia agradeciéndole que me hubiera invitado a salir con ellos y me fui a dormir.

Y esto fue tan sólo el principio de un fin de semana estupendo, el primero de muchos.

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